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Belén (Cisjordania).- Caramel, una coqueta veinteañera palestina experta en moda, contempla desde una azotea el enorme campo de refugiados en el que vive. El campo de Dheisheh, en territorio palestino, concentra unos 14.000 habitantes, que viven entre callejuelas empinadas, casas desordenadas y tejados grisáceos. Caramel es una refugiada con tejado. “Queremos la paz y tenemos la esperanza de presenciarla”, explica la joven en el centro cívico de esta pequeña ciudad enclavada dentro de Belén.

Dentro del edificio de tres plantas, una decena de niños ensaya en la sala de teatro una obra que critica las ocupaciones israelíes, una mujer lee un libro en la biblioteca y un trabajador ordena la pequeña hospedería abierta a los visitantes. Aquí ni rastro de tiendas de campaña y desplazados a la intemperie: “Un refugiado fuerte defiende mucho mejor sus derechos que un refugiado débil”, defiende Sandi Hilal, planificadora urbana del campo.

No siempre fue así. Mustafa Yones, funcionario de la agencia para refugiados ACNUR y responsable del campo, tiene de fondo de escritorio en su ordenador la foto que lo demuestra. Una imagen en blanco y negro en la que se ve un descampado lleno de barracas y tiendas de campaña. Hasta principios de los 2000, los desplazados palestinos temían que su historia quedara en el olvido si no mantenían “las condiciones con las que el mundo relaciona a los refugiados”, recuerda el director. Incluso se oponían a ponerle tejado a sus casas. “Pero la gente necesita casa, un tejado, un enchufe, una vida digna, porque muchos son conscientes de que morirán aquí”, añade.

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Los habitantes de Dheisheh ya suman más de 63 años fuera de sus pueblos del sur del país, ocupados por Israel. Sus responsables elogian la ayuda internacional y aseguran que la vida en el campo es tranquila. Pero no en todos los campos es así.

Mustafa Alaney, de 25 años, vive en otro campo enclavado también en Belén. Cuenta que en Aida, que así se llama donde vive, acumulan graves problemas de espacio desde hace tiempo, pero en las últimas semanas la situación se ha vuelto más preocupante todavía.

Hay protestas casi cada día desde que mataron a un joven del campo -cuenta- y de madrugada las Fuerzas de Defensa Israelíes entran a las casas”. Este camarero trabaja, como tantos otros refugiados, en el centro de Belén, donde los turistas religiosos se fotografían ajenos a la realidad de los desplazados. “Tenemos poca gente que cuide de nosotros”, se queja Mustafa.

Damià Bonmatí

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