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Jerusalén.- Cuando anochece, el centro de Jerusalén se llena de jóvenes militares armados. No es extraño citarse con dos miembros del ejército en un restaurante moderno. El capitán se sienta a la mesa para conversar durante más de dos horas sobre la novena fuerza militar del mundo.

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Defienden a ultranza que Israel sea un estado militarizado: “La base del país no es la religión, que de hecho es lo que más separa, sino el Ejército (…) y en él se unen por primera vez personas de diferentes estatus, razas y religiones”, sostiene un alto cargo del cuerpo militar. Para él, “todas las personas en Israel son soldados” porque el país arrastra el “trauma” de existir bajo amenaza.

Buena parte de los 6.020 kilómetros cuadrados que tiene el territorio palestino está bajo control de ejército de Israel. Las denuncias de organismos pro derechos humanos son numerosas, pero el alto cargo militar se aferra a que “los palestinos no son israelíes”. Ni son israelíes, ni gozan de sus mismos derechos. Eso sí: “Palestina no es nuestro enemigo”, aclara.

Sin embargo, tanto el capitán como el cabo que lo acompaña admiten que Gaza está en las prioridades de su agenda. El control de la Franja por parte de Hamás asusta a Israel. Según los militares, el contrabando de armas es constante, los extremistas poseen material que podría atacar el 48% de la población israelí e incluso podrían estar construyendo aviones no tripulados.

Los militares no rehuyen hablar de los muertos civiles, pero acusan a Hamás de “usar niños y mujeres como escudo” en las zonas desde donde se lanzan misiles. Además, recuerdan que Gaza, así como otros países de la región, sufre graves carencias democráticas. Por eso, el libanés Hizbulá es otra de sus grandes preocupaciones.

Si se produce una nueva guerra entre Hizbulá e Israel, van a morir más civiles que en 2006. No porque queramos acabar con ellos, sino porque la guerrilla se ha ubicado en zonas urbanas”, alerta el capitán.        

Si el mundo árabe dejara las armas, la paz llegaría. Pero si Israel dejara las armas unilateralmente, el país dejaría de existir”, subraya. Es uno de los argumentos más recurrentes del poder israelí. Y mientras el camarero recoge las últimas mesas, los dos militares confiesan que les gustaría, desde sus puestos de trabajo, conocer la paz.

Cristina Solias / Damià Bonmatí

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