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shlomo_2Tel Aviv.– “¿Si pudiéramos quitar la cultura judía de Israel, qué quedaría del país?”. Dicho de otra manera, ¿tiene Israel identidad propia, razón de existir, más allá del judaísmo, de su dimensión religiosa? Esta es la pregunta que plantea el historiador Shlomo Sand en su despacho de la Universidad de Tel Aviv.

Este autor de best sellers sobre identidad judía critica fuertemente los argumentos que imperan en la justificación de la creación del Estado de Israel. Para este activo conferenciante, sí existe una identidad israelí, un pueblo, una cultura, pero no se corresponde con la idea que viene planteando el movimiento sionista.

Según Sand, el sionismo no ha conseguido reunir a todos los judíos bajo un mismo techo. A su parecer, no existe un “pueblo” judío: éste sigue mayoritariamente diseminado por el mundo y adopta en cada caso la identidad del país donde vive. Aunque Israel les ofrezca la nacionalidad por el simple hecho de compartir creencias, son más los israelíes que emigran a occidente que los sionistas que deciden instalarse en la Tierra Prometida.

Este profesor ha recibido fuertes críticas por cuestionar el discurso ampliamente aceptado sobre una identidad judía vinculada a un territorio que le pertenece por razones divinas e históricas. Para él, la nación israelí la componen sus habitantes, incluidos aquellos que no son judíos y que han aportado su gastronomía árabe y una cultura muy influenciada por la globalización.

Sand califica de “abismo” el futuro del país. Su deseo, como el de otros idealistas, sería la formación de un estado binacional. No obstante, lo considera una utopía, una idea “infantil”. Según él, todos los posibles movimientos internos están agotados. En el tablero israelí, la partida está encallada y las únicas piezas capaces de generar algún movimiento son las que están fuera: solo la presión diplomática y económica internacional pueden poner en jaque a los judíos de Israel y forzarlos a mover pieza, a ser más inclusivos con los no judíos.

Sand lo tiene claro: Israel depende demasiado del exterior para ignorar unas exigencias de acuerdo planteadas con suficiente contundencia. Si la jugada exterior consiguiera desencallar las negociaciones, este historiador apuesta por la idea de confederación: una alianza interna sin exclusiones ni privilegios marcados por la religión. Pero los de dentro han perdido ya toda esperanza. ¿De dónde vendrá el empujón?.

Magda Cebrian

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